sábado, 7 de septiembre de 2013

Consejos para sobrellevar las rabietas infantiles

Las rabietas infantiles son unas de las cosas que pueden llegar a poner los pelos de punta a cualquier padre, ¡incluso a los que más paciencia tienen!

Los peques se ponen locos, no atienden a explicaciones, lloran, patalean, gritan... Es un verdadero espectáculo.


Recuerdo que antes de tener a mi hijo, veía a los padres en medio del supermercado o en el shopping, luchando con su hijo en pleno ataque de nervios y pensaba: "qué horror, eso nunca me va a pasar".


¡Qué equivocada estaba! Las rabietas forman parte del desarrollo normal de cualquier niño. Eso es lo primero que hay que asumir: las rabietas son sanas.

Hablemos un poco sobre cómo actuar ante las rabietas infantiles...



¿Por qué el bebé tiene rabietas?


Las rabietas comienzan a manifestarse a partir del año (a veces antes, a veces después, cada niño es un mundo), llegando a su máxima expresión a los 2 años.

En esta etapa, los niños comienzan a darse cuenta de que son seres independientes, que pueden elegir si quieren o no hacer algo. Para empeorar la situación, muchos aún no pueden hablar. Esto provoca que, al no poder expresar sus sentimientos de otra manera, se enfaden, griten y pataleen.

Entonces, las rabietas son expresiones normales que muestran que nuestro hijo está creciendo, que se da cuenta de que tiene opciones, de que puede elegir y por eso, cuando elegimos por él algo que no desea, se enfada y actúa de la única manera que puede.

¿Cómo actuar ante las rabietas infantiles?


Las opiniones son muy variadas. Algunas personas aconsejan ignorar al niño hasta que se calme solo, otras acompañarlo ayudándolo a exteriorizar sus sentimientos.

Yo te cuento qué me funciona... Cuando mi bebé tiene una rabieta, le hablo calmada, sin perder los estribos (aunque me cueste). Le explico que lo que quiere no puede hacerlo por tal o cual motivo, le digo que entiendo que esté enfadado (así empieza a asociar el nombre de su sentimiento con lo que le pasa) e intento distraerlo. Le muestro un juguete, lo llevo a ver los trenes, trato de hacer que se olvide de su enfado y deje de hacer una rabieta.


Por lo general, esto suele funcionar. Pero, como siempre, no hay trucos infalibles. Alguna vez tuve que dejarlo llorar. ¿Por qué? Simplemente porque no quería estar en brazos, pataleaba y se enojaba aún más. Entonces opté por decirle que eso no se podía hacer, que entendía que se enojase pero que así no podíamos solucionar nada, que cuando se calmase íbamos a jugar y a buscar algo que le gustase. Tardó unos minutos pero se tranquilizó solito y, como por arte de magia, me buscó para jugar.


¿Mi consejo? Seguí tu instinto y nunca, pero nunca, pierdas la paciencia. Esta es una fase necesaria, molesta pero necesaria, para el desarrollo de tu hijo.

Imagen: Lau_chan

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